Rubén López Díaz, vulcanólogo y voluntario de FELGTB

«Quería que la gente viera que se puede ser LGTB y feliz»

 En Entrevistas
Por Efe González

El pasado 25 de diciembre, La Palma recibió el mejor regalo posible en forma de anuncio oficial: las autoridades certificaron el fin de la actividad del volcán Cumbre Vieja. Hasta entonces, la isla había vivido más de tres meses de destrucción y, sobre todo, de impotencia que se saldaron con más de 7.000 personas evacuadas, más de 1.600 edificaciones afectadas y unos 900 millones de euros en daños. La consigna “más fuertes que el volcán” abanderó iniciativas solidarias a lo largo de todo el país, acciones de voluntariado que intentaban amortiguar el golpe a la comunidad palmera.

En medio de este escenario, Rubén López (Talavera de la Reina, 1979) fue una de las personas que trabajaron día y noche para paliar la incertidumbre que despertó el primer rugido del volcán. Más allá de tomar muestras, medir emisiones de gases o vigilar comunicaciones, este vulcanólogo del Instituto Geográfico Nacional se ha convertido en una de las caras visibles a la hora de explicar la evolución del Cumbre Vieja. Sin embargo, su voz también resulta familiar dentro del movimiento LGTB. Hace ya 16 años, poco después de salir del armario, decidió dar un paso al frente para iniciar un activismo destinado a mejorar la vida de otras personas.

Lleva en La Palma desde el inicio de la erupción, ¿cómo ha sido vivir la catástrofe desde tan cerca?

Con mucho estrés, la responsabilidad ha sido muy alta. A nivel profesional, el reto era muy bonito, pero ver cómo el avance de la colada de lava iba arrasando casas y cómo la gente lo estaba perdiendo todo ha sido muy doloroso. Han sido semanas en las que había mucho trabajo que hacer, con jornadas de trabajo de hasta 18 horas diarias pero siempre con la sensación de que se podía hacer más. Queríamos ayudar más allá de nuestra jornada laboral.

En ocasiones, parecía que el tema aparecía en los medios o en las redes sociales como si se tratara de un espectáculo

En muchas ocasiones, la gente veía un espectáculo de fuego, con imágenes impresionantes, pero lo que había detrás era una catástrofe natural. Es un síntoma de superficialidad quedarse en lo bonito de la foto y no profundizar en el daño que está haciendo porque, repito, no podemos olvidar que se trata de una catástrofe natural.

Una vez finalizada la erupción, ¿qué le espera a la isla de La Palma y a sus gentes?

Hay que hacer un proceso de reconstrucción, pero no es posible hacerlo a la velocidad que se debería. Es necesario esperar a que las condiciones sean las adecuadas. Ahora, las carreteras están cortadas y hay que seguir vigilando las emisiones de gases. A día de hoy, nos encontramos con una isla vertebrada, con pueblos divididos en dos y, hasta alcanzar la normalidad, queda un largo camino.

Ha habido multitud de colectas e iniciativas benéficas desde muchos puntos de España para destinarlas a la comunidad palmera ¿Vivimos en país solidario?

Creo que sí. Intento ver el lado positivo de las cosas y en este tiempo me ha contactado mucha gente para saber de qué maneras se podía ayudar, cómo dar donativos, comprar productos de la isla… la gente se ha volcado de todas las formas posibles.

Su lado solidario lo desarrolla en el movimiento LGTB, ¿de qué forma participa en él?

Llevo 16 años realizando voluntariado en el movimiento LGTB. Gran parte de esta labor la realizo, sobre todo, desde el Observatorio Madrileño contra la LGTBfobia, donde damos soporte a las personas que han sufrido algún delito de odio. También, para contribuir a la visibilidad del movimiento, participo en la Federación Estatal LGTBI+, donde llevo el grupo Internacional. A través de él conocemos experiencias de otros países, de cómo trabajan, y al mismo tiempo que aportamos en lo que podemos, nos ayuda a crecer y a mejorar en otros aspectos.

¿Qué le llevó a sumarse a esta defensa de derechos?

Sufrí mucha homofobia en el colegio y quería que la gente pudiera tener referentes. Eran los años ochenta y noventa, y mi intención era que la gente viera que se podía ser LGTB y ser feliz. Siempre he tratado mucho de examinarme a mí mismo para saber qué me hubiera venido bien y así identificar qué podía aportar a las entidades en las que he colaborado en este tiempo. Al final, este proceso te ayuda a crecer como persona, especialmente cuando te das cuenta de que a partir de problemas que has tenido has conseguido ayudar a otras personas que estaban pasando por un caso similar.

Si hubiera que marcar un camino para acabar con la LGTBfobia, ¿cuál sería?

Que la gente conozca nuestra realidad porque todavía, aunque nos parezca mentira, no es así. Aunque tengamos presencia en medios sigue habiendo clichés; sigue habiendo miedo a que vayamos a dar una charla a un colegio. También, por gente que conozco, puedo decir que muchas personas del movimiento adolecen de soledad, y esa visibilidad es necesaria para cambiar esto.

¿Cómo se compagina un trabajo tan complejo con este activismo?

Es difícil. Con el volcán de La Palma, estos meses he tenido que frenarme un poco. Tienes que sacrificar mucha vida personal y familiar. Cuando estás a un nivel profesional y de activismo muy alto estás muy cerca del estrés, duermes muy poco y apenas tienes tiempo libre.

Y aun así sigue mereciendo la pena.

Por supuesto. La jornada laboral y la activista a veces se superponen, y para continuar hay que tener la cabeza en su sitio. Ante todo, te tiene que llenar, y a mí el activismo LGTB me ha hecho muy feliz y me ha ayudado a crecer como persona.

Si tuviera que rescatar un logro que haya vivido desde el activismo, ¿cuál sería?

La visibilidad conseguida en Talavera, en mi tierra. Cuando empecé en el activismo allí no existía aún el movimiento y, para mí, mi localidad siempre fue muy importante. Allí he tenido muchas vivencias, algunas de ellas negativas, y ver que todo mejora por la zona es muy satisfactorio.

 

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