María Jesús Fernández, voluntaria en Nadiesolo

«Hay que sacar del ostracismo a todas las personas que están solas en sus casas»

 En Entrevistas
María Jesús (derecha), durante la colaboración en una campaña del Banco de Sangre del Hospital 12 de Octubre
Por Efe González

“Puede ser la auténtica pandemia del siglo XXI”, afirmaba la semana pasada el Secretario de Estado de Derechos Sociales, Nacho Álvarez, en referencia a la soledad. La declaración se produjo durante la presentación del Observatorio de la Soledad No Deseada, un proyecto lanzado desde diversas plataformas y redes del tercer sector para arrojar luz al aislamiento involuntario en España. Y es que este fenómeno, que la pandemia ha agravado en los últimos dos años, se está consolidando como una enfermedad social que cada vez viven más personas. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, a comienzos de 2021 el número de hogares unipersonales en España rozaba los cinco millones. La tendencia sigue creciendo de manera estable en los últimos años que afecta especialmente a las personas mayores.

Algunas iniciativas llevan trabajando sobre esta realidad desde hace mucho tiempo. Como la ong Nadiesolo, que desarrolla varios programas para paliar las situaciones de soledad no deseada en, entre otros grupos, las personas sin hogar, las que tienen discapacidad o aquellas que ingresan en un hospital. María Jesús Fernández decidió permanecer al lado de estas últimas. Sanitaria de profesión, desarrolló su trayectoria en el Hospital Universitario 12 de Octubre (Madrid) hasta su jubilación. Ahora recorre los mismos pasillos como voluntaria junto al equipo de Nadiesolo que coordina. Su misión: ayudar a curar a cualquier paciente de la soledad que pueda vivir desde la cama del hospital.

¿En qué momento comienza su voluntariado contra la soledad?

Era sanitaria en el Hospital Doce de Octubre. Conocía a varias personas que hacían este voluntariado desde la ong Nadiesolo y me insistían en que me uniera al proyecto. Muy poco tiempo después de jubilarme tuve mi debut. En aquel momento hacíamos acompañamiento en Urgencias y me quedé enamorada de este voluntariado.

¿Qué supone acompañar a una persona ingresada en un hospital?

Lo primero que hacemos es presentarnos, como voluntariado, y le pedimos permiso a la persona para hablar y pasar un rato con ella. A veces nos encontramos con un “no” pero siempre hay alguna anécdota, alguna chispa, que da pie a la conversación. Empiezan a hablar y ya te cuentan sus cosas, hasta un punto en el que reconocen que no se encuentran bien. Y es que, cuando una persona llega al hospital, aunque sea joven y valiente, llega a un medio hostil que desconoce, con alguna enfermedad y sin saber qué le van a hacer. Las personas aquí son muy vulnerables y nuestra labor es convertir esa vulnerabilidad en confianza, confort y acompañamiento.

El impacto del coronavirus en esta labor debe de haber sido tremendo.

Había una necesidad muy grande de ayuda y no podías hacer nada porque todo estaba cerrado. La gente que entraba en el hospital, además de enferma, tenía que estar aterrorizada. Teníamos que movernos, no podíamos abandonar a estas personas y optamos por otros medios, como escribir cartas. Y aunque los hospitales estaban desbordados y no podías pedir al personal sanitario que colaborara, porque no podían hacer más, los escritos llegaros y estoy segura de que hicieron mucho bien. En este tiempo también hemos acompañado a la gente que tenía que hacerse pruebas de diagnóstico, cirugías menores o incluso vacunarse, y también ha sido muy gratificante.

¿De qué perfil de paciente hablamos?

Son diferentes perfiles, y para ello tenemos diferentes proyectos, desde el de Urgencias a otro programa del que estoy totalmente enamorada. Porque las personas mayores no siempre están acompañadas. Hay veces que hay que llamar a la familia avisando de que van a recibir el alta, y en ocasiones tardan en ir al hospital a recogerles. Y eso es muy duro.

Los vínculos que se tienen que forjar en estas situaciones tienen que ser muy fuertes.

Se establece un nexo de unión que, cuando ya nos despedimos, es como si nos conociéramos de toda la vida. Una relación que comienza con una petición de permiso para hablar con la persona, la mayoría de las veces termina con vínculos que llegan a ser familiares. Pasamos muy pocos ratos en la habitación, pero son muy intensos. Y algo que me emociona mucho es que, al abandonar el hospital, estas personas nos dan las gracias, cuando en verdad el mérito es suyo y no nuestro.

¿Cuál es la relación una vez la persona abandona el hospital?

Hay un bloque importante con el que sí tienes relación después. Ha habido veces que, una vez en casa, hemos seguido teniendo relación con la persona y hablamos por teléfono, porque nos piden que sea así. No podemos facilitar nuestro contacto, pero si nos dejan su número sí llamamos.

Esto tiene mucho que ver con otro de nuestros proyectos, en el que se habilita un número de teléfono para personas que se sienten solas. No puedo ir a todas las casas, pero sí puedo hacer tres o cuatro llamadas y tener una conversación con una persona que está sola. Y al final terminan siendo como otro núcleo de amistad que creas en tu vida.

¿Qué le han aportado todas esas personas a las que ha acompañado en estos años?

Me han dado mucha riqueza, porque si hubiera que medir lo que das y lo que te dan, aunque des mucho también recibes mucho. He aprendido a mirar a las personas y a escucharlas, a localizar la necesidad afectiva o física, a detectar situaciones que deban comentarse con el personal en planta para que puedan intervenir… Cada persona es un mundo y al tratar con ellas desarrollas una psicología tremenda.

Ahora que entramos en una fase de normalidad dentro de la pandemia, ¿se ha agudizado la soledad en nuestra sociedad?

Es tristísimo tenerlo que decir, pero ahora muchas personas han quedado a merced de la soledad. Es gente que no tiene el mismo contacto con su familia, y esto tiene que dejar bastante tristeza. Estas personas dejan de tener interés por la vida y, aunque nunca van a confesar su soledad, la mayoría tienen tanta generosidad que disculpan a su familia por no estar a su lado.

¿Cómo podemos ganarle la batalla?

Lo primero es detectarlo, investigar y sacar del ostracismo a todas las personas que están solas en sus casas. Porque 24 horas en casa son muchas horas. No es justo que esta gente llegue al final de su vida sin una persona con la que cruzar una palabra y a la que transmitirle sus miedos y necesidades. Hay que volcarse y trabajar mucho en ello. Porque el voluntariado es eso, amor y trabajo.

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