Por Coché Echarren
Cerca de la glorieta de Cuatro Caminos de Madrid, en un local cedido por las Hermanas de la Divina Pastora, trabaja cada día Nicole Ndongala. Ayer vivió una jornada especialmente alegre y los colores de su ropa hacen juego con un estado de ánimo luminoso: acaba de volver de Cádiz donde ha recibido el premio Ubuntu en la categoría de Líderes Sociales para la defensa de los Derechos Humanos. “Me hizo feliz tener el reconocimiento de mi propia comunidad. Y además me siento muy cercana a la filosofía de Ubuntu, a la idea de que `yo soy porque somos todos´”. Aunque sus compañeras españolas la esperan en un bar cercano para comer (porque hemos quedado a las 14h) nos atiende con entusiasmo y posa para las fotos sin perder el buen humor. Nicole coordina el trabajo de 252 voluntarias: “personas que trabajan para personas desde el corazón”. La mujer que tengo delante, llena de alegría y luz, sin embargo, ha vivido días muy duros.
Mucha gente no sabe cuál fue el peor momento de su vida. Creo que tú sí.
Hay varios momentos que vienen a mi mente. Todos tenemos un río de vida que a veces se estrecha y en otras ocasiones se agranda. Hay vivencias que te dejan malos recuerdos, y otras que te marcan con cicatrices. A mí esto me ocurrió cuando perdí a una hermana; cuando me vi en los calabozos de la República Democrática del Congo sin motivos y en condiciones que nadie desearía vivir; y también cuando llegué a España el 28 de octubre de 1998, sola, con la mirada perdida, con lo puesto, sin hablar ni una palabra de español. En ese momento pensé que mi brújula se había apagado, que no iba a tener un mañana, y me invadió la incertidumbre. Fue el día que más lloré en mi vida. Estaba muy lejos de mi familia, perdida, sin rumbo, sin alternativa, sola durante horas y horas en una estación de autobuses con un frío al que no estaba acostumbrada. Pero reaccioné, desarrollé la resiliencia que tenía dentro de mí. Hice que mi oscuridad se convirtiera en luz.
¿Cómo era tu vida antes de ese 1998?
Yo era una chica universitaria alegre, que estaba haciendo prácticas tras haber terminado mi diplomatura. Estaba empezando mi licenciatura. De un día para otro el país se paralizó por la guerra. En ese clima de disturbios eran comunes los abusos, las violaciones y todo lo peor que se puede imaginar sobre los cuerpos de las mujeres. En esa época muchas mujeres vivimos una pesadilla y no teníamos libertad de expresión, ni voz. Muchas optamos por huir y otras no tuvieron esta suerte. Muy triste.
Después, ya en Madrid, ¿cómo cambió?
En un primer momento fue muy complicado. Parece que tienes un techo pero la lluvia sigue mojándote. La Asociación Karibu – Amigos del Pueblo Africano me brindó un espacio seguro. Encontré a personas que tejen vínculos, acompañan y escuchan. Unas voluntarias y voluntarios increíbles que me ayudaron a diseñar mi itinerario de integración. Solo puedo dar las gracias por su labor. Lo hacen desde el corazón y esta primera acogida, este tú a tú, es imprescindible. Karibu me dio la oportunidad de continuar con mis estudios y afianzar el camino emprendido desde África. No quería dejar de participar activamente en la lucha para conseguir el cambio y la transformación que se necesita.
¿Qué te pareció y te parece Madrid?
Cuando hablo de Madrid no puedo dejar de pensar en las personas voluntarias. Me voy a repetir pero para mí es muy importante resaltarlo. Porque siendo usuario eres consciente de que la persona voluntaria que te dedica su tiempo lo hace solo para contribuir al bienestar de los demás. Sinceramente, creo que hay una Europa solidaria. Existe un voluntariado intercultural beneficioso, real, sin discriminación. Pero si hablo como Nicole, directora de la Asociación Karibu, también tengo que decir que hay muchas cosas que se deben corregir desde arriba. Un ejemplo fundamental es el racismo institucional.
¿Cómo nació en ti el compromiso con el feminismo y la situación de las mujeres africanas?
Sobre todo si eres mujer, es difícil, y hasta antinatural, estar lejos de las realidades de injusticia que atañen directamente a las mujeres. Hubo un libro que me enganchó y me acercó al feminismo: El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir. En él explica cómo es considerada la mujer a lo largo de la historia, qué situaciones vive, y habla de cómo mejorar su vida y cómo conseguir las libertades robadas. Con su mítica frase, “No se nace mujer; llega una a serlo”, me hice consciente de que ser mujer es una construcción, un producto cocinado a lo largo de la vida por una sociedad patriarcal. Y es ser alguien “de segunda”. El modelo de la política actual en muchos países es patriarcal y eso que, antes de la colonización, en África la sociedad era matriarcal. Mi compromiso con el feminismo continuó en la diáspora. África es un continente con países de culturas y oportunidades diferentes, pero para las mujeres el guión de las desigualdades se repite. Conozco la incertidumbre que nos invade, entiendo las claves culturales, sé interpretar los procesos y proyectos migratorios. El mío es un compromiso empático, anclado en la lucha por los derechos humanos.
¿Cómo se creó la asociación Karibu?
Karibu significa “bienvenido” en swahili. Existe hace más de treinta años por la necesidad de ayuda en la integración de las personas migrantes y refugiadas más desprotegidas. Nació gracias a un grupo de personas españolas comprometidas con África y su gente. Miró empáticamente a la población migrante más desfavorecida y comenzó a movilizarse y a actuar para revertir, mejorar y brindar oportunidades a estas personas. Yo misma fui una de ellas. Recibí una mirada, confianza y oportunidades, lo que me dio la oportunidad de demostrar mi propia valía. Pasados veinte años soy yo quien deposita esa mirada en muchas otras personas que lo necesitan.
¿Cómo son las cosas en la RDC para las mujeres?
A menudo me faltan las palabras para describir por qué es todo tan extremadamente difícil y por qué se sufren muchos males que realmente se podrían evitar con voluntad política, justicia social y coherencia. Nuestros recursos minerales nos condenan a vivir sin paz, victimizando a las personas sin piedad, sin humanidad y sin consciencia. Es una vergüenza. Hace años escribí una carta que llamo “Carta abierta de la mujer africana” en la que resumo el sufrimiento de las mujeres y niñas. Pueden destruir el cuerpo de las mujeres con todo tipo de vejaciones y violaciones, llevan décadas haciéndolo. Pero nunca podrán con nuestros sueños.
¿Por qué es posible que hayamos normalizado el hecho de que la mujer en situaciones como la de RDC no tenga acceso al entrenamiento y el uso de armas?
Lo dijo Nelson Mandela: la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo. Pero en África las mujeres y las niñas están privadas de esta oportunidad por culturas y costumbres que las anulan. Hemos normalizado el hecho de que todo convierta a las mujeres en víctimas, y a la vez que no tengan acceso a la defensa personal. No deberían permitirse los abusos físicos, ni psicológicos, ni emocionales, ni laborales, ni económicos… Tampoco en los países a los que migran.
¿Cuál dirías que es el cambio más urgente y necesario para mejorar la vida de las mujeres en RDC?
Según Naciones Unidas, la República Democrática del Congo (RDC) es uno de los peores lugares del mundo para nacer mujer. Yo personalmente no entiendo por qué con tanto poder, voluntarios, cuerpos de seguridad, ningún organismo oficial participa para revertir esta situación. Conclusión: muchos voluntarios en la RDC van a hacer volunturismo y no voluntariado. Otros van a ganar sus minerales. Salvo muy pocas instituciones que creen en la cooperación coherente y mujeres activistas y defensoras de los derechos humanos que están luchando. Mi interés me hizo crear una asociación, que se llama Libanga ya Talo (que significa Piedra preciosa) en 2018. Su objetivo principal es contribuir a la escolarización de las niñas y adolescentes, favoreciendo la lucha contra la violencia de género, y su empoderamiento o autonomía. Son condiciones imprescindibles para llegar a la justicia social. En el Congo se puede violar a una mujer y no pasa nada, todo queda impune, no hay libertad de expresión, ni atención, ni reparación para ellas. Un nudo difícil de desenmarañar, una situación compleja y desafiante. Urge cerrar esta brecha de género. Desde que salí en 1998, ya han pasado más de veinte años y la guerra se ha convertido en el peor de los infiernos. La violencia sexual es un fenómeno generalizado en los conflictos armados. El avance para el cambio va muy lento. Pero lo conseguiremos porque juntas somos más fuertes.
¿Y qué debe cambiar en España, para mejorar la situación de las mujeres migrantes?
En España hay que promover su integración como ciudadanas de pleno derecho, regularizar su situación administrativa, facilitar el acceso al mercado de trabajo y a formaciones regladas, homologar sus formaciones en el país de origen. De esta manera se evitaría entrar en el laberinto de la vulnerabilidad, ya que una vez que entras, la caída se acelera y precipita.
La mutilación genital femenina es uno de los grandes lastres de la cultura misógina de algunos países africanos…. ¿en qué situación estamos en ese sentido?
En este momento, percibo una conciencia en aumento. La intervención de distintos agentes sociales trabajando de manera coordinada para prevenir y evitar esta práctica, está dando frutos. Pero todavía nos queda mucho trabajo por hacer. En Karibu impartimos una formación a facilitadoras comunitarias, para que puedan trabajar con ello. Aunque en muchos países hoy día se condena la práctica de la mutilación genital femenina (MGF) , muchos lo siguen practicando. Algunos lo han dejando temporalmente por miedo, pero no por convicción. Actualmente en algunas zonas se sigue practicando tranquilamente con la ayuda de los sanitarios. La medicalización es cada vez más frecuente. Esto disminuye los riesgos y suaviza el dolor pero el daño está allí. Sigue siendo una violación de los derechos humanos.
¿Has vivido en tu entorno el dolor y el miedo generado por esta práctica?
Sí, y es algo difícil de comprender. Cuando todavía no había protocolo firme que condenaba esta práctica nociva en España, se hacía clandestinamente. Hemos tenido mujeres que se llevaron a sus hijas de vacaciones y volvieron con ellas mutiladas. Recuerdo por ejemplo cuando una vez, durante mi estancia en el albergue, escuché los gritos de dolor que pegaba una niña mientras su madre la duchaba. Descubrimos que había sido mutilada y eso nos dolió a todas. En aquel entonces reprochamos duramente a la madre y le pedimos que llevara a la niña a la pediatra para que revisara su estado. Pero ella decidió marcharse del albergue y no volvimos a saber más de ella.
¿Cómo es tu vida en Madrid?
Cuando tengo tiempo libre me gusta mucho el silencio para hacer navegar mi pensamiento, cantar, leer y ver una buena película. Pero eso es raro, no suelo tener mucho tiempo. La quietud nada tiene que ver con las mujeres migrantes. Considero que soy una de las voces con capacidad para canalizar y expresar aquello que la sociedad debe cambiar, generando propuestas. Tengo la fortuna de poder comunicar, visibilizar y generar cambio. Y a ello dedico mi día a día.
¿Qué hay en ti de congoleña y qué hay en ti de española?
Afortunadamente se puede ser de muchos sitios. La identidad es una construcción compleja e íntima. En mi caso la he construido sin la necesidad de renunciar a mi origen ni de renegar del país donde vivo. Esta doble identidad me permite seguir con mi mirada y mis proyectos en África, y a la vez ser una voz clara, comprometida y empática. No puedo olvidar todo lo recibido por mi familia, mi país y mi continente. Aún en la distancia han sido una luz que nunca se ha apagado. Mi madre me ha dado un sello en mi personalidad y mi identidad que no cambiaré por nada en el mundo y que nunca borraré porque siempre lo llevo en mi corazón.

