Olga Albaladejo Juárez, psicóloga y voluntaria

“Si cada persona hiciera algo por las demás, cambiaríamos el mundo”

En estos días inciertos en que vivir es un arte (como diría ‘Celtas Cortos’), hay personas que están dispuestas a hacer de este un mundo mejor. Personas que no dudaron en ofrecer lo mejor de sí mismas en los peores momentos de la pandemia del Covid-19. Y que están preparadas para afrontar una segunda ola con las mismas dosis o más de solidaridad.

 En Entrevistas, PVE
POR LAURA MONTALVO

Es el caso de Olga Albaladejo, psicóloga, quien ha hecho que su vocación vaya más allá de su profesión para ayudar a otras personas a encontrar su sitio y ser felices. Con más de 20 años de experiencia, trabaja tanto con diagnósticos o problemas concretos a los que se da respuesta desde la Psicología como el coaching, con un trabajo integral para que las personas encuentren su equilibrio y serenidad. Ha publicado dos libros, uno de ellos con la editorial Planeta, sobre la felicidad y bienestar en el día a día. Durante la pandemia tuvo que cerrar su consulta física, pero se negó a quedarse de brazos cruzados y participó en el programa de voluntariado telefónico impulsado por DKV y la Plataforma del Voluntariado de España para atender a personas mayores. Frente a la soledad y el miedo, Olga fue la voz de la esperanza para muchas de ellas.

¿Cómo empezó esta acción de voluntariado?

Yo siempre he incorporado actos de voluntariado en mi trabajo, con un porcentaje de consultas de ayuda para personas que no se pueden permitir pagar este servicio. Durante las primeras semanas de confinamiento las sesiones presenciales se fueron anulando y tuve bastante tiempo libre. Primero promocioné un servicio para profesionales sanitarios, porque entendí que lo iban a necesitar y luego busqué programas de ayuda, porque tenía que hacer algo, no podía quedarme quieta. Busqué programas para colaborar con personas con cáncer, ya que es una de mis especialidades, pero no encontré nada. Luego me hablaron del programa ‘Ningún mayor solo’ de DKV, llamé para informarme y empezamos a trabajar enseguida.

¿En qué consistía su labor? ¿Se esperaba algo distinto a lo que se encontró?

No, me espera exactamente lo que me encontré. Este programa daba libertad para poder colaborar, con compromiso, pero con libertad. En otras acciones de voluntariado tienen una determinada forma de trabajo, unos determinados horarios… Pero con ‘Ningún mayor solo’ teníamos una plataforma online donde voluntarios incluían los datos de personas que necesitaban ese apoyo psicológico y los psicólogos nos conectábamos y hacíamos las llamadas. Era muy fácil, y fue muy eficiente. Tras ese primer contacto había luego dos opciones, si la persona con la que habías llamado quería seguir en contacto conmigo, le daba cita directamente para otro día, y si quería hablar con otra persona o le daba igual, pasaba la cita a la agenda genérica y le atendía otro compañero o compañera en el horario convenido.

En el programa había dos maneras de colaborar: personas voluntarias llamaban a los mayores como apoyo emocional y profesionales de la Psicología, que dábamos un apoyo más concreto, y la posibilidad de recibir ambas llamadas. Estábamos muy coordinados, quedaba todo registrado.

El confinamiento dejó aisladas a muchas personas, ¿Qué es lo que más necesitaban cuándo pidieron esta atención telefónica?

Lo que más necesitaban era atención en la soledad y por el miedo. Una de las cosas que tienen las medidas que se toman por el COVID-19 es que se piensa en minimizar el contagio, pero no se está pensando en las necesidades socioafectivas que tienen las personas mayores o los niños. Estas poblaciones necesitan relacionarse, necesitan cariño y contacto directo. Me encontré mucha soledad y mucho miedo. También había otro grupo de personas que necesitaban ayuda para afrontar los duelos.

¿Cómo se puede suplir ese contacto por teléfono?

Al principio con muchas dudas, pero lo cierto es que te das cuenta de que el miedo y la soledad se suplen con confianza. Las llamadas que hacía no eran realmente llamadas de tratamiento psicológico, porque lo que podía hacer era dar unas pautas. Pero sí generaba confianza, y credibilidad. Te escuchan mucho, confían mucho en ese mensaje de tranquilidad que les transmito. Y además con este programa les generábamos una rutina, el espacio de esperar esa llamada. Tenían como un objetivo y además las personas mayores se sentían cuidadas. Por otro lado, nos hemos encontrado con personas que no son tan mayores y que lo han pasado mal por los duelos. Han perdido a familiares, no han visto a sus padres o madres al fallecer en las residencias y ese es uno de los duelos más amargos que se puede tener.

Esa ha sido una de las caras más amargas de esta crisis….

Sí, porque eso genera culpabilidad, la gente se cuestionaba por tener a sus familiares en residencias. Generaba incredulidad por no haber podido despedirse, por no haber ido al funeral. Eso crea una sensación de irrealidad. Son duelos especialmente difíciles de trabajar. Las personas que han estado en este programa de atención telefónica por lo menos pudieron iniciar ese proceso de apoyo psicológico al duelo antes de volver a la ‘normalidad’, antes del ritual de despedida. Es necesaria esa ayuda porque es difícil cerrar el proceso de aceptación sin haber visto a la persona fallecida. Muchas personas tenían la sensación de no haber hecho todo lo posible por evitar esas muertes, de no haber estado más pendientes, de no haber podido visitar las residencias… En estos casos la atención sí era más terapéutica.

¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de este programa de voluntariado telefónico?

Me parece muy enternecedor la relación de confianza y gratitud que se genera en las personas a las que llamas, que no nos ponían ni cara. Se percibe muchísimo esa gratitud. De hecho, cuando hemos ido cerrando los procesos te hacen llegar que el trabajo que has hecho ha tenido muchísimo valor para ellos. Y ahora que el programa ha pasado de DKV a Amigos de los mayores, yo mantengo la atención con dos personas, que quisieron que siguiera trabajando con ellas, y las llamo una o dos veces al mes. Cada vez que hablamos es una alegría, me dicen que les alegro el día. A veces no somos capaces de agradecer lo que tenemos cerca, es decir, no recibes la misma gratitud cuando estás realizando un trabajo profesional.

Se han creado vínculos muy fuertes, me he emocionado mucho, sobre todo con las historias de duelos. Hay situaciones muy duras, no es admisible en una sociedad como la nuestra que se permita a las personas morir solas. Se te parte el alma, por muy profesionales u objetivos que queramos ser los psicólogos, nos ponemos en su lugar. Por muy duras que sean las circunstancias, no se puede aceptar que dejemos que las personas se mueran solas, es algo que como sociedad deberemos revisar, para que jamás vuelva a suceder.

¿Tenías experiencia en acciones de voluntariado con personas mayores?

No, no lo había hecho nunca. Trabajo con mayores a nivel de oncología, pero nunca habían sido mi target de población y ahora he hecho un máster. Y es curioso, porque tras el confinamiento me han surgido más consultas con personas mayores. Quizá antes yo podía decir que no era la persona adecuada, pero ahora sí, estoy capacitada y puedo saber lo que necesitan.

¿Participaste en el programa de atención a profesionales sanitarios?

Con este programa no, pero lo hice directamente desde mi propia práctica. También detecté situaciones de mucho miedo, mucha angustia, tanto por el contexto en el que se estaban moviendo como por el hecho de no transmitírselo a sus familias. Se ha generado un estrés altísimo entre el personal sanitario. Hay un concepto a nivel de paliativos y de atención al final de la vida que es la violencia ética, el forzar a los profesionales a decidir quién tenía medios, quién ingresaba en la UCI, quién vivía y quién moría. Eso les ha posicionado en una situación muy extrema y se ha sumado al miedo a contagiarse, a contagiar a sus familias, la falta de medios de protección, el exceso de trabajo y la situación de drama con los pacientes. Ahora ese personal no está en las mismas circunstancias que en la primera ola.

¿Cómo les afectaría psicológicamente una segunda ola de Covid-19?

Están dispuestos a dar el do de pecho, a darlo todo, pero son personas y lo han sufrido, y llevan toda la carga de ese primer período.  Creo que muchos de esos profesionales no aguantarían una segunda ola. No han podido recuperarse de la primera, tras el verano la situación vuelve a ser de escalada y estas personas no han podido hacer el trabajo de asumir ni superar todo lo que han vivido. No están en situación de afrontar una segunda ola de contagios y atenciones con la misma intensidad que hace unos meses. Al final la cuerda se rompe por el eslabón más débil: el psicológico-emocional.

¿Qué le ha aportado a nivel personal esta acción voluntaria?

De forma personal este voluntariado me ha resultado muy reconfortante y me ha generado mucha satisfacción por poder hacer algo por las demás personas. Ya que estaba aislada y apenas podíamos hacer nada, he querido contribuir con lo que realmente sé hacer. He visto que a través del teléfono o vídeo llamadas se puede llegar a los demás. Es factible traspasar la barrera del ‘qué mal está todo y yo no puedo hacer nada’. Acababa el día mucho más en positivo, se pasa mejor y se afronta mejor el día siguiente cuando estás colaborando, ayudando.

Todo compensa, no hay nada bueno que puedas hacer que no te vaya a venir de vuelta de una u otra forma. Todo lo bueno que das lo recibes amplificado. Yo animaría a todo el mundo a contribuir con su pequeño granito de arena. No tenemos que hacer grandes cosas a nivel individual. Si cada persona hiciera algo por las demás, cambiaríamos el mundo.

¿Cree que de esta crisis saldremos mejores personas?

Es verdad que ha habido mucha gente que se ha movilizado durante el confinamiento y se dice que saldremos todos mucho mejores y más solidarios, pero no, saldremos igual que entramos: quienes eran solidarios lo seguirán siendo y quienes no, no. Pero sí que es verdad que se ha abierto un espacio para la reflexión y personas que no se habían planteado hacer voluntariado o echar una mano sí lo han hecho y han visto lo fácil que es ayudar en el entorno. Si cada uno nos ocupamos de hacerle la vida un poco mejor al de al lado, iríamos mucho mejor.

 

 

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