«Salud mental, salud de todas»

 En Opinión, PVE
GEMMA ALTELL ALBAJES, PSICÓLOGA SOCIAL

Hace unos días celebramos el Día internacional de la salud mental. A menudo hablamos de ella como si fuera un “ente” externo,  un “virus”, o una “desgraciada” que les tocara a algunas personas. Y desde ahí sí; desde ahí hablamos de estigma, de romperlo; y repetimos un especie de mantra: nos puede tocar a todos… como si fuera una lotería.

Pero sería conveniente situar la salud mental en el centro de la salud de todos y todas. Aceptar y comprender que, como mínimo, en algún momento nos sentiremos psicoemocionalmente vulnerables y con dificultades para afrontar la vida, el peso de la vida.

Evidentemente hay realidades muy distintas en cuanto a tipologías y grados, pero es importante tomar conciencia que la salud mental es un continuo que nos puede conectar a todos en algún momento. Desde esta posición la empatía deja de ser un ejercicio teórico y a veces condescendiente para ser un ejercicio vivencial y de humildad.

Esta reflexión es aún más pertinente si hablamos de la situación de las mujeres. Las mujeres, a partir de nuestra socialización de género, aprendemos en mayor medida que los hombres a expresar nuestros malestares emocionales.

Los hombres “deben” responder al mandato que les adjudica ser fuertes y valientes siempre y, por consiguiente, no vulnerable. Sin embargo, esto no significa que las mujeres seamos reconocidas, escuchadas o valoradas por expresar lo que nos pasa; de hecho, se suele producir el efecto contrario: en la medida que somos consideradas psicológicamente más “débiles” solemos ser tomadas menos en serio en la expresión de nuestros malestares tanto por parte del sistema de salud, como de nuestras familias.

Este hecho, junto con el mandato del cuidado (ocuparnos del cuidado y sostenimiento de nuestro entorno por delante de nuestras necesidades) que recibimos las mujeres en nuestra educación, hacen que las mujeres que reciben un diagnóstico de trastorno, dolencia o problema mental sean mucho más estigmatizadas que los hombres.

Bajo la premisa de que la mujer con un diagnóstico no puede responder a ese mandato principal para las mujeres que es cuidar, es a menudo denostada, infantilizada y, en definitiva, discriminada.

¿Quizás podríamos aprender a convivir con la vulnerabilidad global y ello nos haría más libres?

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