“La crisis psiquiátrica que se avecina”

 En Opinión, PVE
ÉRIKA MONTAÑÉS, Periodista

Dicen las frías estadísticas que en España ‘tocamos’ a ocho psicólogos por cada 100.000 habitantes. Y que eso es muy poco en un continente donde la ratio es de  quince. Con la pandemia del coronavirus sosegándose de alguna manera, corren ríos de tinta sobre la crisis económica y las mastodónticas pérdidas que ha arrastrado consigo. Y se reserva a un segundo plano la crisis que se avecina, la psiquiátrica, que se asoma sobre el balcón de nuestras vidas mientras los compases del ritmo de vacunación cogen brío. Es la pandemia derivada de la pandemia, la que se ha tragado de un soplo las secuelas del Covid y se advierte más dura y dilatada en el tiempo.

La salud mental está gravemente dañada y no se quiere admitir. Cuesta reconocerlo como sociedad, como país. Ahora mismo tenemos la mente enferma, necesitada de ayuda. Demandamos un psicólogo de cabecera cada uno, propuso recientemente la presidenta de los epidemiólogos, Elena V. Martínez, como ya se adjudica un galeno por barba en el centro de salud. Vivir enclaustrado primero, saliendo a cuentagotas después, volviendo a retroceder, idealizando la salida y volviéndote a esconder, cuando no has estado obligado a ver deteriorarse el estado de salud de un ser querido o llegado a perderlo, no pasará de puntillas en una sociedad a la que ya de por sí le cuesta hacer ‘tábula rasa’ con el pasado.

La nuestra es una sociedad de fuertes valores familiares. Y también se han visto perjudicados por el coronavirus. Los lazos de unión alimentan no solo el espíritu, las necesidades de relaciones sociales, sino también nuestro propio estado mental. Pero la nuestra es igualmente una estructura acostumbrada a estigmatizar los problemas de salud cuando no son estrictamente de una parte del organismo como la cadera o el bazo; es el cerebro lo que está pidiendo auxilio.

Por eso, debemos construir una era posCovid que no tenga ambages en reconocer que tiene que edificar de nuevo los cimientos removidos y que debe volver a poner en línea cuerpo, alma y cabeza. Para ello sería pertinente que las autoridades tengan claro que se precisa un refuerzo importante en el sistema nacional de salud de esta atención social, la asistencia que ya no necesitará un enfermo de Covid-19, pero sí necesitará el enfermo de la ‘nueva normalidad’ a la que unos más que otros tardarán en amoldarse.

Y no es un mal menor, metidos como estamos en un mundo que teme todavía por respirar aerosoles infectados en el entorno. La voz de alerta la dan las consultas clínicas repletas, atiborradas de gente que sí puede pagar entre 50 y 100 euros por diván. También la exhortan las ONG, que reparten miles de kilos de alimentos mientras asisten incrédulas al deterioro mental de los receptores. La pandemia que viene no puede pillarnos desprevenidos. Estamos avisados. No necesita parches, requiere acciones coordinadas por las instituciones en plena sintonía con los ciudadanos a los que rigen con sus designios.

 

(Las opiniones vertidas en los artículos de opinión de El Periódico del Voluntariado corresponden a los autores y autoras y no necesariamente coinciden con los de la Plataforma del Voluntariado de España).

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