Adela Cortina Orts, filósofa y catedrática de ética en la Universidad de Valencia

“Los políticos no tienen que ser protagonistas de la vida pública sino facilitadores”

Adela Cortina Orts (Valencia, 1947) es filósofa y catedrática de ética en la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y directora de la Fundación Étnor. Ha sido distinguida con el Premio Internacional Jovellanos (2007), el Premio Nacional de Ensayo (2014), Gran Cruz de la Orden de Jaume I el Conqueridor (2017), por mencionar sólo algunos. Pero más allá de estos reconocimientos, ella merece el honor de ser una de las personas más importantes en la lucha global contra la pobreza.

 En Entrevistas, PVE

 Por redacción El Periódico del Voluntariado

Además de los incontables estudios, ensayos, libros y artículos que ha publicado al respecto (destacan sus obras Aporofobia: el rechazo al pobre, Editorial Paidós, y Pobreza y Libertad. Erradicar la pobreza desde el enfoque de Amartya Sen, Editorial Tecnos), Adela Cortina es la autora de un término imprescindible para combatirla: aporofobia. Sí, la aporofobia, que significa el rechazo y el miedo a la pobreza y a las personas que viven en condiciones de extrema carencia. Acuñó el término hace poco más de veinte años, pero no fue hasta mayo de 2017 que Fundéu  (la Fundación del Español Urgente) lo consideró como un “neologismo válido”, además de haberlo distinguido como la “palabra del año”. Finalmente, en septiembre de ese mismo año, la Real Academia Española lo incorporó en su Diccionario de la lengua española.

A continuación, su visión sobre la importancia que tiene el voluntariado para la construcción de sociedades más justas, universales y solidarias.

El voluntariado y el futuro…

El optimismo y el pesimismo son estados de ánimo que no me interesan. Me interesa algo más apegado a la ética, como lo es la esperanza.

Nuestra sociedad está bastante desmoralizada y frustrada respecto al futuro. Por eso, la esperanza es fundamental para construir sociedades más justas. Y, a mi juicio, mientras haya voluntarios, es decir, gente comprometida desde el fondo de su corazón, habrá eso, esperanza. Por eso mismo hay que mantener, fomentar y promocionar el voluntariado.

¿Es necesaria la política para generar un cambio?

Cuando yo estudiaba la carrera, creíamos que en España eran necesarios algunos cambios. En aquel entonces pensábamos que para cambiar el mundo había que meterse en la política. Inspirados en Hegel, pensábamos que había que transformar al mundo hacia la solidaridad y hacia la universalidad, pero haciéndolo desde el Estado, porque entonces creíamos que la sociedad era un lugar egoísta. Sin embargo, tiempo después, hacia finales de los años setenta, surgieron nuevos pensadores, muy progresistas, que consideraban que la sociedad civil era también un lugar solidario y universal.

Lo cierto es que el Estado no siempre es un lugar confiable para alcanzar esos objetivos, mientras que en la sociedad civil sí que hay una gran cantidad de grupos y asociaciones que están trabajando no por intereses individuales sino por intereses universales y por la solidaridad. Jurgen Habermas, entre otros autores, ha sostenido que la sociedad civil es un lugar absolutamente transformador y que se debe recurrir a ella, no sólo a la sociedad política.

Política, economía y sociedad… ¿quién tiene la responsabilidad de construir una sociedad más justa?

Cada uno de esos tres sectores tiene una tarea específica y un valor central. A mi juicio, el sector político está obligado a hacer justicia. Pero la peculiaridad de ésta es que se exige. A la justicia no se invita, no se aconseja. La justicia se exige. Como lo llevo diciendo desde mi libro de Ética mínima, en todas las sociedades para poder construir y salir adelante es necesario que se cubran unos mínimos de justicia; por debajo de estos, se cae en la inhumanidad.  Y es el poder político quien tiene la obligación de poner esos mínimos, para que cada persona pueda desarrollar los planes de vida que crea convenientes. Los proyectos de vida buena no son cosa de la política, como tampoco lo es la felicidad. Hay que distinguir entre lo justo y lo bueno. La política no tiene que ocuparse de hacer felices a las personas. No, los proyectos de vida buena son personales. Y el voluntariado tiene mucho que decir al respecto.

Los políticos de una sociedad como la nuestra, pluralista y democrática, tienen la obligación de conseguir que todos los ciudadanos, incluyendo a las personas que vienen de fuera en situación de indigencia y precariedad, tengan cubiertos sus derechos civiles y políticos, económicos, sociales y culturales. Esto es un tema de justicia, y, como he dicho antes, ésta se exige. No es una cuestión de opinión. Durante los años de la dictadura éramos muy modosos y cuando alguien emitía una opinión decíamos, “bueno, esa es una opinión, y por lo tanto es muy respetable”. ¡Pero eso no es verdad! Hay opiniones que no son nada respetables. Respetables son las personas. Y una opinión para serlo tiene que cubrir unos mínimos de justicia. Si alguien dice que “a los inmigrantes hay que dejarlos en el mar”, pues, lo siento, pero no está emitiendo una opinión muy respetable. ¿Por qué? Porque no cubre esos mínimos de justicia antes mencionados.

Los políticos no tienen que ser los protagonistas de la vida pública. Ellos deben de ser facilitadores. Tampoco son los salvadores. Luego está el poder económico, que debe de tener por valor central la responsabilidad. Se habla mucho de la responsabilidad social, y claro que las empresas tienen que cumplirla, porque tienen que ser responsables de su actividad para satisfacer las expectativas legítimas de quienes forman parte de la sociedad. Cito a Amartya Sen, “la tarea de la economía es ayudar a crear buenas sociedades”. Las empresas tienen que crear riqueza, necesitan crearla, pero deben hacerlo responsablemente.

Finalmente, el sector social. El valor supremo de este sector es la solidaridad. Ahora, esto lo pido siempre… por favor, dejen de llamarse ONG, dejen de llamarse Organizaciones No Gubernamentales. Que yo sepa el Ku Kux Klan no es gubernamental. Tampoco, “organizaciones sin ánimo de lucro”. El Ku Kux Klan, que yo sepa, no tiene ánimo de lucro; lo que sí que tiene es una xenofobia tremenda. Las organizaciones de las que estamos hablando, las del voluntariado, se caracterizan por la solidaridad. Y tendrían que llamarse “organizaciones solidarias” u “organizaciones cívicas”, me da igual, pero que den un nombre de qué es lo que buscan.

¡Y no voy a echar la toalla con este tema! Porque conseguí que se incluyera ‘aporofobia’ en el diccionario de la real academia, y vamos a ver si consigo que tachen esa cosa horrible de ONG y hablemos por fin de organizaciones cívicas o de organizaciones solidarias.

¿Sería el mismo objetivo el de las organizaciones cívicas/solidarias que el que tiene una ONG?

El objetivo debe ser las personas más vulnerables. La vulnerabilidad nos constituye como nos constituyen otras muchas cosas más. Como se viene diciendo desde mucho antes de la Declaración de los Derechos Humanos, todas las personas tienen dignidad y no un simple precio. Eso quiere decir que hay una serie de derechos que necesitan ser satisfechos y mucho más. Creo que el voluntariado social se mueve por esa afirmación kantiana que dice, “obra de tal manera que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otra, siempre como un fin y nunca como un medio”. No se puede instrumentalizar a las personas, hay que tratarlas como seres que son valiosos por sí mismos, a los que no se puede relegar ni desechar. Por eso la aporofobia es un verdadero delito contra la dignidad de las personas, y contra una sociedad democrática que nunca debe de ser excluyente. La tarea sería entonces la solidaridad con los peor situados, hecha voluntariamente, no por coacción,

¿Cómo se logran entonces estos objetivos?

Cada uno de los tres sectores debe realizar su tarea. Ninguno de ellos debe renunciar a la suya y traspasársela a otro. Tienen que trabajar los tres conjuntamente.

Es necesario crear alianzas, es decir, las empresas deberán de trabajar con los voluntarios, y éstos con las empresas, los políticos con los voluntarios, y éstos con los políticos, pero nunca, nunca, instrumentalizándose mutuamente.

No se puede utilizar al voluntariado para hacer marketing. Cabe mencionar también la importancia que tiene el voluntariado social, que es el que se encarga de los pobres, los discapacitados, de aquellos sumergidos en el mundo de la prostitución, de la droga, de los inmigrantes, del sector penitenciario, de los temas de sinhogarismo, de aquellos que pertenecen a la ‘España vacía’, es decir, de todos los excluidos y los que están en riesgo de exclusión.

Otro punto esencial es el del diagnóstico y la importancia que tienen los informes. Hago mención del informe Foessa 2019, presentado recientemente, que hace un análisis de la situación de la pobreza. Esos análisis son fundamentales para saber exactamente dónde hay que actuar.

¿Cuál es la gran tarea del voluntariado?

A mi juicio, es la de la innovación, la del descubrimiento. Su tarea debe ser la de detectar las necesidades que todavía no se han planteado, pero que ya necesitan ser satisfechas. Hablando con la gente que trabaja en el terreno del voluntariado, se descubre una cantidad de necesidades de las que no habíamos pensado hasta el momento. Con esto me refiero a la tarea, a la virtud maravillosa, de la lucidez. Tratar de descubrir lúcidamente dónde hay una necesidad que no ha sido satisfecha y que debe serlo. Esa tarea innovadora, de ir por delante, de ir mostrando, dónde hay gentes que están desprotegidas, excluidas, y en qué sentido lo están.

Creo que el voluntariado tiene que unir dos virtudes fundamentales: la lucidez y la compasión.  La gran tarea debe ser combatir la aporofoia.

 

 

 

 

 

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