“Desamparo escolar online”

 En Opinión, PVE
CRISTINA FALLARÁS, PERIODISTA Y ESCRITORA

Una no sabe lo que significa no tener para comprar zapatos nuevos a tus hijos, a tus hijas, hasta que te pasa, lo que significa no poder comprarles ropa. Pero, sobre todo, por encima del sufrimiento de las zapatillas deportivas que les van pequeñas, del zapato con agujero, por encima del arroz y patatas a diario o de la camiseta dos tallas menor, hay un dolor que vuelve cada año y se cubre de silencio: La hora de enfrentar la vuelta al colegio.

Porque ir al colegio, incluso a un colegio público, para algunas familias es algo que no se pueden permitir. Ah, pero no es como la carne, que tampoco se pueden permitir y, sencillamente, no la comen. Al colegio hay que ir, la educación es obligatoria. Es una obligación bañada en lágrimas para muchas familias. Lágrimas que con la pandemia se han convertido en desesperación. Porque ya no son los lápices, reglas, cuadernos, libros… Ahora la brecha que se ha abierto y que podríamos llamar “brecha telemática escolar” resulta tan insalvable como invisible.

El pasado mes de agosto, por asuntos relacionados con los desahucios, visité un edificio de viviendas del madrileño barrio de Villaverde. Allí todas las familias habían dejado de pagar el alquiler hace meses y seguían habitando sus pisos a la espera de una solución. En todas, excepto en una, vivía una familia. O sea, había criaturas. No es la primera vez que escribo sobre pobreza en España, sin embargo, sí descubrí un nuevo dolor que sumar a todos los anteriores: internet. Aquellos críos y crías no pudieron hacer los deberes el curso pasado por la simple razón de que se los mandaban por mail. Y así será este año. Aquellos padres y madres no recibían las notificaciones del colegio porque se envían por una web telemática, aquellas familias sencillamente no entendían qué les estaba pasando. Y así será este año.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el 26,4% de la población residente en España se halla en riesgo de pobreza y exclusión. En otras palabras, es pobre. El 7% padece lo que se llama “carencia material severa”. O sea, es lo que se llamaba antiguamente “pobre de solemnidad”. No tienen para alimentarse en condiciones. Estamos hablando de millones de hogares. No miles, no cientos de miles, que ya sería una barbaridad, sino millones. Son familias –insisto: millones— que estaban acostumbradas a todas las carencias y lágrimas de ver cómo sus hijos no acudían al colegio en condiciones. Pero desde la pandemia, la educación pública se ha ido trasladando a la web sin tener en cuenta a la enorme cantidad de población que no tiene acceso a internet, o cuyo acceso es limitado, o incluso que no saben cómo manejarse.

Siendo el problema gravísimo en sí mismo, resulta todavía más brutal el silencio. No se habla de ello en los medios de comunicación, no se anuncian medidas políticas, nadie parece querer ponerle nombre. Por lo que, además, es un silencio culpable. Y lo malo de los silencios culpables es que son los que más cuesta romper. ¿Quién es el primero en reconocerse responsable? ¿Quién es la primera en reconocer que mira hacia otro lado?

Se trata de un desamparo que una sociedad supuestamente avanzada no debería permitir jamás. La Administración lo tiene tan fácil como crear redes no telemáticas de contacto con las familias. Si no lo hace –y no lo hace— está incurriendo en un desamparo escolar online. Paradójicamente, en contra de lo que pasa con todas las redes de internet, por aquí no fluye la información.

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