Guadaña para los héroes tras los aplausos

 En Opinión, PVE
Cristina Fallarás, periodista y escritora

Recuerdo como en una nebulosa cuando salíamos a diario, a las ocho de la tarde, a aplaudir al personal de la Sanidad pública. Siento como si pertenecieran a otra vida a otro mundo, como si en realidad no hubiera sucedido.

En los balcones y ventanas de todos los barrios, en las puertas de los hospitales, desde los coches de Policía, los taxis, las redacciones y las emisoras, estallaba y estallaba cada día un brote solidario que, de repente, bluf, se esfumó. Nada. No se esfumó como el estallido de un petardo, dejando tras de sí un temblor de humillo y pólvora. Se esfumó inmediatamente, de golpe, y fue nada. Es nada.

Todas las situaciones críticas, los desastres, las catástrofes tienen sus héroes y sus villanos, pero esta además tenía a millones de personas homenajeando a “los héroes”. Pero no eran héroes, sino trabajadores y trabajadoras. Se nos vendió la idea de la heroicidad para tapar una labor que hombres y mujeres, trabajadores y trabajadoras, con sueldos a menudo insuficientes, desempeñaron hasta la extenuación, sin pensar en compensaciones ni horas, más allá de lo que se esperaba de ellos y ellas. Se nos vendió esa idea y la compramos. Qué idiotez.

Pero esa supuesta heroicidad incubaba el huevo de la serpiente. No era la gesta de los héroes sino el disfraz de los villanos. Al aceptar tal idea, dejamos de ver a los empleados de la Sanidad pública como lo que son, y los elevamos al lugar donde no se necesita nada, donde el simple reconocimiento vale como retribución. Total, los héroes no comen, no son humanos, son otra cosa. El reconocimiento no da de comer, no enciente calefacciones ni paga la luz. El reconocimiento y la heroicidad se han usado como una forma de tapar el trabajo, el empleo. Si conviertes a una empleada en heroína, ¿cómo vas a hablar de algo tan terrenal como un salario?

Ahora el personal de la Sanidad pública se echa a la calle para gritar que no fueron ni son héroes, que lo que hicieron entonces, hacen y han hecho siempre es trabajar, salvar vidas, dar a la población una existencia mejor y más duradera, paliar el dolor. Y que son ellos quienes ahora están sufriendo, quienes se quedan en la calle o tienen que abandonar su empleo porque no les da para comer. Pero, ah, toda aquella gente de los balcones y los aplausos ya no los mira y, por supuesto, no les aplaude. Y los gobiernos se han olvidado de aquella “heroicidad” que nos vendían con lágrimas en los ojos.

La infantilización de la sociedad que llevan minuciosamente a cabo los medios de comunicación y la clase política consigue convertir en un cómic barato todo aquello que requiere la dignidad de un salario suficiente. También todo lo que huele a pobreza o no forma parte de la construcción cada vez más privada de nuestro mundo.

La pregunta es por qué nos dejamos, por qué lo estamos permitiendo, por qué no salimos a la calle a acompañar en su sufrimiento a aquellos a quienes aplaudimos con tanta y tan idiotizada emoción.

No queda nada de aquello, nada. Cuando queramos darnos cuenta, la guadaña que cercena dignidades incluso su recuerdo habrá segado.

 

 

 

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