‘El auxilio colea’

 En Opinión, PVE
Érika Montañés, periodista

Egoísmo. Mueve el mundo y lo sabemos; por eso, precisamente, no podemos resistirnos a llamar la atención sobre personas que manejan mejor los hilos de la solidaridad. Conrado Giménez preside la Fundación Madrina. No lo conocerán todos, especialmente si no están en la Comunidad de Madrid, aunque la obra de este exempleado de banca traspasa fronteras.

Conrado se sentaba hace veinte años como asesor de los consejos de administración del Santander y el Banesto. A la salida de uno de esos encuentros, pertrechado de una pulcra corbata en combinación con el traje oscuro y ostentosos gemelos, sufrió un terrible accidente de tráfico. Se levantó. “Me han dado una oportunidad de oro para hacer otra voluntad”, confiesa que pensó en plena tortura de rehabilitación y antes de embarcarse en la que ha sido la aventura de su vida. De las 400 comidas que daba al mes ha pasado a repartir 4.000 al día. Las colas que se forman cada semana para recibir pañales, potitos y leche infantil son tan largas que a pocos metros de la no menos poderosa Castellana la descomunal hilera de personas y carritos serviría para llenar las gradas de varios Santiago Bernabéu, que se dibuja justo al final de la fila.

Conrado no es cura, pero envuelve todo de una espiritualidad que multiplica peces y panes a través de donaciones que cuesta muchos sudores recopilar. Frente a los alimentos, él no claudica. Lanza un responso y comienza el reparto.

Mientras se pugna por una barra de pan y un bote de garbanzos, los abrigos de piel y los zapatos italianos caros no disimulan el reojo. La duda que asalta es a qué lado se está más incómodo. A comienzos de la pandemia, a estas colas se las bautizó como las “del hambre”, se formaban frente a comedores sociales y locales de Cruz Roja; luego fueron las “de la vergüenza”, porque todas las personas, en su mayoría mujeres, agachan la cabeza ante el sufrimiento de pedir; Conrado las llama “de las familias sin techo”, con mujeres que vienen cargando sus mochilas y se han quedado sin cobijo. Las “colas de los pobres energéticos” se denominan desde enero por la cantidad de facturas eléctricas sin abonar.

En realidad, pasar solamente una mañana junto a esa necesidad tatuada en los ojos denota que son las colas de la misericordia. Todos piden auxilio a voz en grito, sí; no tienen más opción; y Conrado y las personas voluntarias de Madrina, Cruz Roja y cientos de entidades los escuchan. No hay eco a ese lado. La misericordia del prójimo baña a la extrema pobreza de este país que, por cierto, demanda un servicio que a priori no parece tan complicado de satisfacer: que las taquillas estén abiertas. Cuando se acercan a una y tocan la puerta, el enjambre burocrático los devora. Encontrar un “pásense otro día” o un “por confinamiento, no hay servicio” supone una semana de espera.

Y eso son siete días sin nada para sus retoños.

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