Coordinador de UDP en Lugo. Es voluntario desde hace casi quince años.

“Yo soy optimista, pronto encontrarán la vacuna contra esta pandemia”

Longines Lobato es, desde hace casi quince años, voluntario de la Unión Democrática de Pensionistas y Jubilados de España: un grupo de asociaciones que tiene como objetivo mejorar la calidad de vida de las personas mayores. Es el coordinador del voluntariado en Lugo (capital). Tiene ochenta años y acompaña a personas que están en la recta final de la vida, algo que considera igualmente importante para ellas y para él.

 En Entrevistas, PVE
Por Mauricio H. Cervantes

Hace tiempo que está jubilado, pero hoy acompaña a personas mayores, como él, y les recuerda que la vida, sin importar el momento, siempre puede ser maravillosa. Se llama Longines, aunque muchos en Lugo lo conocen como Luis. Pero se llama Longines, así le gusta que le llamen. Tiene 80 años.

En la UDP de Lugo son veinte personas, y él es el único varón. Le gusta charlar. Ríe. Es humilde. Habla de las personas que ha acompañado como si lo hiciese de algún familiar o de alguien muy querido. Cuenta anécdotas con un acento gallego “dulce y armonioso”, como lo definiría Julio Camba. Para Longines conocer gente es algo invaluable, porque con cada persona ha establecido un “algo”, una especie de vínculo, pero más fuerte aún. Incluso, muchos de los familiares de quienes acompañó (pero que ya no están) lo consideran como tal, es decir, como parte de la familia.

Sobre esta pandemia que estamos viviendo, es optimista y espera que pronto se encuentre la vacuna. No tiene miedo del Covid-19, porque sabe que todos nos tendremos que ir en algún momento. “De eso o de cualquier otra cosa”, dice. Mientras tanto, prefiere recordar el verano de 1969, la época más feliz de su vida. A petición suya esta entrevista se ha realizado con tuteo.

El coronavirus. Los mayores son la población de mayor riesgo frente a esta pandemia. ¿Tienes miedo?

No. Yo no le tengo miedo. Quizás es que soy optimista. Yo pienso que todo pasa. Hoy compré el periódico y decía que no sé cuántos se habían muerto “de una gripe” hace cien años, y mira, aquí estamos. Si me toca, pues mala suerte. Yo ya viví la vida. ¡Pero eso sí, entendámonos! Mejor seguir viviéndola, eh (risas). Espero que pronto den con la vacuna, y a ver si acaba todo esto.

¿Cómo surgió dedicarse a cuidar a personas mayores?

Durante la dictadura mandaban, prácticamente, los curas y el ejército. Por obligación había que ir a misa y hacer ejercicios espirituales. Y un día, cuando yo tenía 20 años, un sacerdote, con el que hice mucha amistad me dijo que hiciera unos cursillos de cristiandad (que duraban tres o cuatro días). Los hice, y entonces me hice una promesa: que acompañaría a una persona enferma. Y así fue. Pronto comencé a visitar a un señor de unos cuarenta y tantos años que estaba encamado. Nunca le pregunté de qué padecía. Su familia trabajaba todo el día y él se quedaba solo. Esa fue una experiencia que me marcó mucho. Nos pasábamos horas charlando. Nos tirábamos la tarde con él. Y digo “nos” porque convencí a mis amigos de la cuadrilla de que nos turnáramos para que todos lo pudiésemos visitar.

De aquella experiencia me quedó un recuerdo muy agradable. Y por eso cuando la gente de la Unión Democrática de Pensionistas y Jubilados de España (UDP) nos dio aquella charla en el centro social me animé a ser voluntario.

La soledad. El Covid-19 nos ha confinado a una estricta cuarentena, ¿es mayor el miedo al virus o a la soledad?

Yo acompaño porque me gustaría que, si fuese mi caso, alguien lo hiciese conmigo. Ahora estoy con un matrimonio (de personas mayores) con problemas de salud (él perdió una pierna y ella sufrió un ictus). Debido a que no podemos vernos, debido a la cuarentena, decidí llamarles por teléfono. Y desde entonces hablamos todos los días. Así se rompe también la soledad.

Es cierto que hablé más tiempo con la hija de ellos, pero sabían perfectamente que estaba yo allí. Incluso, escuché la voz de él gritando “¡Dale recuerdos!”. Y es que a veces apetece hablar con gente que no es de la familia. ¡Él (el hombre) habla hasta por los codos!  Es muy agradable porque charlamos de todo. ¡De cualquier tema, de verdad! Me cuenta de cuando era joven, de cuando hizo la mili en Ferrol… Lo malo es que de lo único que no habla es de deportes. Y a mí me gustan mucho, especialmente el fútbol. Mira, soy, en este orden, del Madrid, del Deportivo de la Coruña y del Lugo.

Tienes 80 años, sin embargo acompañas a personas que están en la misma etapa de la vida, ¿cómo te enriquece esto?

Mira, hay sonrisas que no las paga nada. Hay momentos que, de verdad, no están pagados.

Antes de estar con la pareja de la que te hablé, acompañaba a otra persona. Era un señor que estaba en silla de ruedas, tenía 96 años y con la cabeza muy bien amueblada, pero no podía salir de casa. Con él y con su familia la relación se volvió muy estrecha, incluso después de que él falleciera. El tiempo pasó y el primer día del encierro por lo del coronavirus (el sábado 14 de marzo) recibí una llamada de su hija. Me dijo que era peligroso que saliera, y me pedía que me cuidara. ¡Estaba preocupada por mi! Y es que había quedado la amistad de aquellos tiempos.

Hay muchas personas que tienen un concepto de mí que no merezco. Con las personas se establece un “algo”, que no sé cómo explicarte. Tal vez como una especie de vínculo. Pero es algo más fuerte porque te alegra. Es algo que te da vida. A mí me da mucha riqueza conocer a gente tan distinta. A este señor del que te cuento le gustaba mucho jugar a las cartas. Igual nos tirábamos hasta dos horas echando la partida.

Volviendo a la pareja que acompaño ahora. Es nada más entrar y que ella me vea y es que le sale una sonrisa que no se paga con nada. Cuando las personas a las que acompañas sonríen, es una sensación increíble.

Cómo recuerdas tu época más feliz…

Pues recuerdo mucho el año de 1969. Yo trabajaba en Telefónica y viajaba mucho. Recuerdo particularmente una brigada por el centro del país (Ciudad Real,  Madrid, Toledo…), que hicimos con un matrimonio, con el que éramos muy amigos. Llevábamos un tocadiscos y bailábamos mucho. Desde paso dobles hasta bolero y waltz, así como tangos y sevillanas. Vamos, la música de antes. Esa es la que me gusta.

Volvamos al tema de la soledad…

Yo no me veo en ella. Le llevo cuatro años a mi mujer, y espero ‘irme’ antes que ella. No me veo solo. Pero, respecto a las personas que acompaño, sí que se nota que hay algo que les falta. Como te he dicho antes, por mucho que uno quiera a la familia, hay veces que es necesario hablar con alguien más.

Por ejemplo, había una persona que yo cuidaba que me contaba sus batallitas, y contaba cuatro o cinco veces la misma anécdota. Su hijo decía “¡Pero papá, qué pesado eres! Que eso ya lo has contado mil veces!”. Y yo pienso, ¿y si esa es una forma de la gente para seguir en contacto con sus cosas, con su pasado? Y es verdad, yo también tengo un nieto, y sí que podemos llegar a ser pesados. Pero yo escucho a las personas y entiendo que eso que quieren contar no importa que sea la quinta vez, es la forma que encuentran para decirte cuánto le importa esa anécdota.

¿Cuál es la experiencia en UDP que más te ha marcado?

Acompañaba, entonces, yo a un señor. Él tenía un aparato para respirar y no salía de casa.         Según entré, veía que él hablaba menos. Me cogió y me dijo “Luis, de esta semana no salgo”. Eso fue un jueves. Y para el sábado ya había fallecido.

Pero cada persona es un mundo. Una vez, acompañé a uno al que había que sacarle las palabras con sacacorchos. El sistema que tengo para comenzar a conocer a la gente es preguntarle a la familia sobre qué es lo que les gusta. Pero con esa persona era muy difícil.

Cuando se abría, de lo único que hablaba era de su tiempo en Inglaterra, porque había vivido allí. Pasaba un avión en el cielo y decía “ese va pa’ Londres”. También le gustaba la música, tenía un acordeón.

 La gente a la que acompañas y que un día se va…

Se siente mucho. Notas que te falta algo. No sólo por la persona, sino por la familia. Parece que te consideran como a un hermano, o a alguien muy cercano.

Nosotros en la asociación tenemos el compromiso de hacer un mínimo de 2 horas a la semana de acompañamiento. Pero es muy agradable pasar más tiempo con la gente. La hija de una pareja aprovechaba esas dos horas para juntarse con sus amigas, pero después le apetecía estar conmigo, y me quedaba más tiempo con ella. Se establece un vínculo muy fuerte. Se siente mucho cuando ‘se van’, pero inevitable.

Uno como mayor…

Se puede uno ver retratado. Y aunque no todo el mundo piensa igual, hay que respetar.

Uno de los primeros acompañamientos que hice fue con una mujer a la que le habían hecho un trasplante. Ella tenía vértigo, a raíz de la operación, y yo la acompañaba al médico para que no se cayera. Resulta que ella era socialista ¡y del Real Madrid! ¡Y yo también soy socialista del Madrid!

Mira, ser mayor tiene una ventaja y un inconveniente. La primera es que podemos comprender más fácilmente a la gente de nuestra misma edad.

¿Y el inconveniente?

Pues ya lo podrás imaginar… el tiempo.

 

 

 

 

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