“El poder de las personas”

 En Opinión, PVE
FERMÍN NÚÑEZ, PERIODISTA

Las relaciones de poder en la sociedad es un tema que recurrentemente ha sido tratado por pensadores y filósofos a lo largo de la historia: Maquiavelo, Adam Smith, Marx y Engels… Estos últimos identificaron la lucha de clases como el pulso que determina las diferentes formas políticas que adoptan las sociedades. Aunque quizá parezca un asunto superado, lo cierto es que el poder en su sentido más práctico (quién lo tiene y cómo lo ejerce), sigue siendo absolutamente determinante en la configuración de la sociedad de este ajetreado y turbulento siglo.

El músculo democrático de una sociedad se mide observando y evaluando el poder de quienes tienen a priori menos condiciones para ejercerlo. Podríamos hablar de millones de personas, pero yo me voy a centrar en un colectivo bien concreto: el de las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo.

Como tantos otros colectivos de los que llamamos “vulnerables” estas personas han sido objeto recurrente de la protección social. En nuestro país, hace décadas, incluso ciertas instituciones y organizaciones se denominaban “protectoras del subnormal”. Tras la llegada del llamado Estado del Bienestar, desde ese punto de vista “asistencial” podría considerarse que estas personas han tenido vidas cómodas, al amparo de sus familias y al abrigo de esa protección social que les ha ofrecido servicios residenciales, ocupacionales, de ocio y tiempo libre, e incluso laborales.

Sin embargo, en 2008, con la firma de la Convención de la ONU sobre derechos de las personas con discapacidad, en nuestro país se abrió una nueva perspectiva que podemos llamar “de derechos”. Esta visión asistencial queda superada y comienzan a reconocerse situaciones como el paternalismo (pensar en lo mejor para la persona sin contar con la persona), el capacitismo (pensar que una persona tiene derechos sólo por ser capaz), la institucionalización (pensar que una persona siempre está mejor en instituciones aisladas), la incapacitación (que la persona sea sustituida en sus actos jurídicos por un tutor o tutora legal), o la interseccionalidad (situaciones de doble e incluso triple discriminación por diferentes características que confluyen en una misma persona).

Todas estas situaciones vienen a evidenciar una idea sencilla pero no por ello menos importante: que toda reivindicación de derechos es un intento de conquistar poder. En el caso de las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo, hasta hace pocos años el poder de decisión -incluso en las cosas aparentemente más nimias-, siempre lo han tenido sus familias, sus profesionales de apoyo, sus personas voluntarias… en definitiva, siempre ha estado en su entorno.

Poco a poco, este colectivo ha tratado de conquistar ese poder. Con el apoyo de sus organizaciones han logrado poder votar como el resto de ciudadanas, acabar con la esterilización forzada, que se vayan reconociendo sus dificultades de comprensión y se pongan medios para salvarlas a través de sistemas de accesibilidad cognitiva, y que se modifique la legislación civil y procesal para acabar con su incapacitación legal.

Hace un par de años las organizaciones que conforman Plena inclusión reconocieron este camino como “El poder de las personas” y desde entonces difunden estas reivindicaciones y logros bajo esta campaña. También avanzan en el empoderamiento de este colectivo, que el pasado mes logró un hito importantísimo con la constitución de la primera Plataforma estatal de representantes de personas con discapacidad intelectual y del desarrollo.

Esta Plataforma se ha presentado en Toledo y las más altas instituciones del Estado le han mostrado su apoyo. Y lo más importante, miles de personas con discapacidad intelectual y del desarrollo han podido ver a sus representantes en un papel activo, reconocido y valioso.

La Plataforma reivindicará y defenderá el poder de estas personas en todas las facetas de sus vidas: desde los actos más sencillos de su vida diaria, como escoger la ropa que se ponen o lo que les apetece comer, hasta cómo forman parte de la toma de decisiones en sus organizaciones o cómo pueden participar en la comunidad y contribuir a una sociedad mejor.

Vuelvo al principio: el logro del poder para las personas que lo ostentan en menor medida no es un logro ni una responsabilidad de las organizaciones. Es un logro y una responsabilidad que nos mide y nos pone a prueba como sociedad.

Piénselo la próxima vez que vea por la calle a una persona con discapacidad o que tenga ocasión de relacionarse con ella. Vea más allá de la apariencia y crea en su poder. Quizá ese cambio de mirada le cambie la vida.

 

Compartir:
Noticias recomendadas